The man who knew too much

Era el mes en que Cortico Lee empezó a sospechar que los clones se habían infiltrado en las clases medias de Cali, que estaban sustituyendo dependientas del Éxito, chupas, mamás bigotonas con el pelo grasoso, secretarias de 1.50, estudiantes de intercambio irlandeses y hombres gay de gimnasio. Se  temía que en cualquier momento, un clon apareciera en tu casa, y que sin lavarse las manos te preparara la comida y te cambiara el gato por una cosa que se parecía a tu gato pero que en realidad era una bomba. Se trataba de una nueva era del terrorismo.

Los clones ahora eran más rápidos, olían a lo mismo que el clonado e imitaban a la perfección sus defectos del habla; eran espabilados. Opinaban en la mesa cosas cáusticas sobre el papa, el precio del dólar, el fútbol, los tomates y después si les apetecía  y si la situación lo requería, te rebanaban a trocitos con un peine para piojos.

CLON

La gente empezó a frecuentar más el trabajo, trataron de distraerse del hecho de estar amenazados e intentaron darle menor valor a todo y por primera vez en la vida, cogerla suave. Pero al final en el embotamiento del transporte público acabaron siendo propensos a los resfriados, se les olvidó el nombre de sus hijos y decidieron hacerse ovillos en la cama contemplando la vida con un ojo abierto y el otro cerrado.

La vida según aprendió la gente, no era fácil. La vida no era pan comido. La vida no era un muffin. Era otra cosa: un tinto con sabor a tierra, zapatos nuevos que tallan, demasiado perejil en un plato, vecinos que riegan jugo de basura en el ascensor, piercings infectados, quedarse sin carga en el celular.

Eso era la vida.

La economía crecía, eso sí, y los delitos no disminuían pero se volvían más ingeniosos u entretenidos. El alcalde salía por la radio y hablaba de cifras desde la ducha.

Ese también fue el mes en que Cortico Lee dejó de jugar Candy Crush, su juego vintage favorito. En el año y medio que llevaba jugando, había jugado todos los niveles en todos los lugares posibles: jugo esnifado, jugó con su mamá, jugó haciéndole dedo a su novia, jugó comiendo donas.

CANDY CRUSH

Ahora sólo jugaba una vez al día, a escondidas, en el baño, con un poco de vergüenza.

Iba a visitar a su novia en la República independiente de Chiquinquirá, donde todas las cosas desprendían un calor fétido. De vez en cuando, atisbaba algo rojo y efervescente que se desplazaba por el cielo ennegrecido. Muchas veces sospechaba ¿El Apocalipsis es ahora?

Había visto todas las películas fatalistas de los 2000´s y ahora en el 2222 todas las señales estaban presentes. Los clones simulaban ser hombres de negocios sentados en bancas de parques, la gente hablaba del gran incendio de California y los robots que te lavan el pelo podían pagar casas subacuáticas, coches voladores y lotes en la luna.

Alguien había estado mintiendo.

 

¿continuará?….

 

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